dos sueños
1- Estocolmo
Mientras se lo llevaba maniatado la policia me miró con tristeza, con los ojos desesperados, de niño asustado. No pude más que conmoverme, le di un beso, le dije: "tranquilo, quizás en la carcel puedas leer tranquilo, estudiar, quizás puedas estudiar y ser alguien". Materializarte alguien, purgar el pasado. En mi sueño me enamoraba del captor, de la persona que me intersectó a pocas cuadras de la casa de mis viejos, y a punta de un arma terrible, a punta de un pánico terrible que me dejó encerrada por horas por dias por años en un cuarto cerrado de paredes asfixiantes de paredes desesperadas. Y yo lo amaba y no podía entender ese amor, torturado, sin paz, muerto. Anoche, anoche soñé esto, una noche de sueño interrumpido, de frío de julio, de muchas vueltas en la cama. Ya van varias noches que sueño con Estocolmo, desde el infernal enero al gélido julio, dolor de sueños muertos.
2- El beso
¿Te puedo dar un beso? le pregunté en el patio de baldosas rojas, frente al ventanal, en la casa de mis viejos. Todo lo que quería en ese mundo imaginario era besar al chico de mirada tan transparente, tan azul que enceguecía, tan diáfana mirada de cielo de 13 o 14 años. Y le daba un beso, un beso lleno de vida, lleno de gusto a caramalo, saliva urgente, viva, dulce, tan inocente, tan niños de 13 o 14 años. Sentí en ese beso el gusto de la vida, o mejor, si uno pudiera pasar la punta de la lengua por la vida tendría el gusto de ese beso, ahí en el patio, entre las perras y las macetas tumbadas, entre el apuro de las cañas de pescar y las bicicletas hacia el arroyo Saladillo.
Y entonces le decía "yo ya te besé alguna vez, nos conocemos?" y él me miraba extrañado, sin poder comprender mi confusión, claro que nos conocíamos... "Sí, yo ya te ví antes, en otro sueño... cómo era que se llamaba tu mamá? y qué es la de vida de ella, tanto tiempo? y vos, qué hiciste? tenés un hijo? de verdad..?" De pronto los años pasaron de golpe en el patio de baldosas rojas, tan rápidos tan arrasadores, la mirada azul ya se habia muerto, un día de ¿agosto?, sí, el 7 de agosto San Cayetano, cuando él y yo teníamos 15 o 16 años y la muerte nos tocó y nos mató un poco. Y yo lo recuerdo porque estaba ahí, fui testigo presencial de la Locura, la Locura así con mayúsculas, la terrible locura de encontrar a la niña (tan parecida a mi hermana!) flotando en el río, tras los silos en el puerto. Cómo no acordarme, ¡claro que me acuerdo! de la violencia de la muerte sacudiendo, de los golpes a la mesa, las patadas, las piñas. Del doblón de mano que terminó en un empujón al suelo, del comienzo de las muertes, tantas muertes, tantas culpas. La muerte que se lleva en los ojos, esa que mató sus ojos ahí en ese patio, cuando volví a mirarlo ya no era el mismo. Ya no éramos los mismos.

Dos sueños. Como en un exorcismo, libero mis muertos, libero mis sueños. Necesito dejarlos en paz, de una vez por todas, enterrados el cementerio. Y volver a casa tranquila, con las manos en los bolsillos, con las alas a flor de labios.
Mientras se lo llevaba maniatado la policia me miró con tristeza, con los ojos desesperados, de niño asustado. No pude más que conmoverme, le di un beso, le dije: "tranquilo, quizás en la carcel puedas leer tranquilo, estudiar, quizás puedas estudiar y ser alguien". Materializarte alguien, purgar el pasado. En mi sueño me enamoraba del captor, de la persona que me intersectó a pocas cuadras de la casa de mis viejos, y a punta de un arma terrible, a punta de un pánico terrible que me dejó encerrada por horas por dias por años en un cuarto cerrado de paredes asfixiantes de paredes desesperadas. Y yo lo amaba y no podía entender ese amor, torturado, sin paz, muerto. Anoche, anoche soñé esto, una noche de sueño interrumpido, de frío de julio, de muchas vueltas en la cama. Ya van varias noches que sueño con Estocolmo, desde el infernal enero al gélido julio, dolor de sueños muertos.
2- El beso
¿Te puedo dar un beso? le pregunté en el patio de baldosas rojas, frente al ventanal, en la casa de mis viejos. Todo lo que quería en ese mundo imaginario era besar al chico de mirada tan transparente, tan azul que enceguecía, tan diáfana mirada de cielo de 13 o 14 años. Y le daba un beso, un beso lleno de vida, lleno de gusto a caramalo, saliva urgente, viva, dulce, tan inocente, tan niños de 13 o 14 años. Sentí en ese beso el gusto de la vida, o mejor, si uno pudiera pasar la punta de la lengua por la vida tendría el gusto de ese beso, ahí en el patio, entre las perras y las macetas tumbadas, entre el apuro de las cañas de pescar y las bicicletas hacia el arroyo Saladillo.
Y entonces le decía "yo ya te besé alguna vez, nos conocemos?" y él me miraba extrañado, sin poder comprender mi confusión, claro que nos conocíamos... "Sí, yo ya te ví antes, en otro sueño... cómo era que se llamaba tu mamá? y qué es la de vida de ella, tanto tiempo? y vos, qué hiciste? tenés un hijo? de verdad..?" De pronto los años pasaron de golpe en el patio de baldosas rojas, tan rápidos tan arrasadores, la mirada azul ya se habia muerto, un día de ¿agosto?, sí, el 7 de agosto San Cayetano, cuando él y yo teníamos 15 o 16 años y la muerte nos tocó y nos mató un poco. Y yo lo recuerdo porque estaba ahí, fui testigo presencial de la Locura, la Locura así con mayúsculas, la terrible locura de encontrar a la niña (tan parecida a mi hermana!) flotando en el río, tras los silos en el puerto. Cómo no acordarme, ¡claro que me acuerdo! de la violencia de la muerte sacudiendo, de los golpes a la mesa, las patadas, las piñas. Del doblón de mano que terminó en un empujón al suelo, del comienzo de las muertes, tantas muertes, tantas culpas. La muerte que se lleva en los ojos, esa que mató sus ojos ahí en ese patio, cuando volví a mirarlo ya no era el mismo. Ya no éramos los mismos.

Dos sueños. Como en un exorcismo, libero mis muertos, libero mis sueños. Necesito dejarlos en paz, de una vez por todas, enterrados el cementerio. Y volver a casa tranquila, con las manos en los bolsillos, con las alas a flor de labios.

